Apostillas de la Vida Cotidiana

El éxito de Artemis II: la sentencia de muerte para la Luna que conocimos

Por #JotaPosta| Hay una extraña paradoja en el brillo plateado que las últimas imágenes de la NASA nos devuelven. Las miramos con el pecho inflado por la técnica, maravillados por la cercanía de esos cráteres que antes eran solo manchas de luz en la noche de Buenos Aires. Sentimos la magia de lo que parece estar al alcance de la mano, esa incertidumbre que nos moviliza desde que el mundo es mundo. Pero, en el fondo del asombro, late un terror silencioso: el miedo a que, esta vez, el ser humano finalmente gane la partida.

Estamos observando, quizás, la última era de la Luna como misterio. Lo que hoy es una postal de soledad absoluta, mañana será un territorio intervenido. Si Artemis III corona el éxito de esta gesta, la Luna dejará de ser ese faro místico que inspiró a poetas y amantes para convertirse en suelo útil. Y ese es el nudo que se nos cierra en la garganta: el hombre no llega a los lugares solo para mirar; llega para dejar su huella, su cemento y su ruido.

El peso de ser la última generación del silencio

A nosotros, los que hoy transitamos la franja de los 35 a los 45 años, nos ha tocado un destino singular. Somos los centinelas de las transiciones. Crecimos entre el ruido de las cintas de casete y hoy dialogamos con inteligencias artificiales; conocimos el mundo analógico de las cartas de papel y hoy habitamos la inmediatez del silicio. Y ahora, parece que también seremos los últimos testigos de la Luna impoluta.

Somos la generación que todavía puede mirar al cielo y saber que allá arriba no hay nada más que polvo, sombras y silencio. Somos los últimos en disfrutar de una belleza impoluta, ajena a la burocracia humana.

Existe una belleza sagrada en lo que no nos pertenece, en lo que no podemos tocar ni modificar. Sin embargo, estamos a un paso de romper ese hechizo. El éxito de la misión es, al mismo tiempo, la sentencia de muerte para la Luna que conocimos. Una vez que la primera base se asiente, una vez que el primer rastro de presencia humana sea permanente, la Luna pasará de ser un satélite mágico a ser una sucursal del mundo. El terror es ese: que nuestra capacidad de conquista termine por devorarse la única pureza que nos quedaba.

La postal de una despedida

Duele pensar que nuestros hijos verán una Luna diferente. Quizás sus telescopios no busquen cráteres, sino las luces de la Base Lunar Sur. Quizás la mirada poética se pierda bajo la bruma de la infraestructura humana. Por eso, estas fotos de la NASA tienen hoy un valor sagrado: son el acta de defunción de una pureza que duró eones.

Mirar hoy esas fotos es asistir a una despedida. Es admirar el rostro de alguien que sabemos que pronto se marchará para no volver. Sentimos el vértigo de la proximidad, el orgullo de nuestra especie rompiendo las cadenas de la gravedad, pero también la melancolía de saber que estamos profanando el último refugio de nuestra imaginación.

Con seguridad, con melacónlica seguridad, podemos decir que el futuro traerá ciudades lunares y cielos poblados de luces artificiales, pero la postal de hoy —esa Luna solitaria, blanca y perfecta— será el tesoro que nos llevaremos nosotros, los que la vimos antes de que el hombre decidiera que el espacio también era su propiedad.

Mañana, cuando miremos hacia arriba, tal vez busquemos una base lunar entre los cráteres. Pero hoy, todavía podemos mirar la Luna y ver, simplemente, la magia del universo que aún no hemos logrado intervenir. Disfrutemos del silencio mientras dure.

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