El faro de cemento que custodia el latido porteño: El Obelisco celebró sus 90 años en una noche eterna

El guardián de piedra y hormigón que vigila el devenir de la ciudad celebró sus nueve décadas de vida en una liturgia que fusionó el pasado con el presente. Más de 200 mil personas se adueñaron de la avenida Corrientes, transformando el asfalto céntrico en un descomunal escenario a cielo abierto donde la música, el arte y la memoria colectiva danzaron bajo la mirada del gran gigante porteño. La emblemática traza se convirtió en una arteria viva, uniendo las mesas de las pizzerías históricas con la vibrante energía de una multitud que se acercó a rendir homenaje al monumento más emblemático de la Ciudad.

Bajo la propuesta “Corrientes 24 horas”, la icónica avenida mutó en un laberinto inmersivo que invitaba a viajar en el tiempo a través de estructuras que homenajeaban distintas épocas de nuestra identidad. Desde los ecos arrabaleros de los años 30 y el auge del tango en los 40 y 50, pasando por la psicodelia de los 60 y el pop de los 80, hasta desembocar en la escena urbana contemporánea, el festival ofreció una radiografía perfecta de la cultura. En cada rincón, las expresiones populares demostraron que las calles siguen siendo el refugio más cálido para los vecinos que buscan reconocerse en su propia historia.

El punto cumbre de la velada suspendió el aliento de los presentes cuando un imponente espectáculo de mapping interactivo en 3D comenzó a proyectarse sobre la silueta del monumento. Durante veinte minutos mágicos, la superficie blanca reflejó el devenir cronológico de la ciudad desde aquella lejana inauguración del 23 de mayo de 1936, mientras los acordes en vivo de Damián Mahler y su Orquesta envolvían el ambiente en una atmósfera cinematográfica. Fue un diálogo visual y sonoro que conectó la nostalgia de aquellos que vieron nacer el icono con la fascinación de las nuevas generaciones.

Ese puente emotivo entre las épocas cobró una calidez única con el recuerdo de la mítica Mirtha Legrand, quien evocó en sus redes el viaje infantil desde su Villa Cañás natal junto a sus padres, con apenas ocho años, para ser testigo del nacimiento de esa mole de 67,5 metros de altura diseñada por el arquitecto Alberto Prebisch en el mismo suelo donde antes supo estar la iglesia San Nicolás de Bari. Su declaración de que el Obelisco es “algo amado, querido, adorado por los argentinos” resonó en el pecho de cada asistente que hoy, gracias al mirador en su cima, puede contemplar la inmensidad urbana.

Cuando la madrugada empezó a reclamar su espacio, el músico Joaco Burgos y el enérgico set del dùo de DJs “No Name” se encargaron de encender los últimos cartuchos de una noche que se resistía a morir. La celebración demostró una vez más que el Obelisco no es simplemente un bloque de hormigón clavado en el cruce de las avenidas; es el epicentro de nuestras alegrías, el testigo silencioso de nuestras luchas y el corazón latente de una Buenos Aires inclusiva, diversa y profundamente apasionada. ¿Y vos, qué recuerdos tenés compartidos con nuestro gran monumento? ¡Contanos en los comentarios y compartí este hilo para que la pasión porteña siga sumando miradas!




