Apostillas de la Vida Cotidiana

Ciudad prestada: crónica de un arraigo en disputa

Por Nuwanda|

Nací en Inés Indart. Un pueblo del noroeste bonaerense, a unos 300 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires. Fundado en 1911, lleva el nombre de la mujer que donó sus tierras para que creciera ahí una estación del ferrocarril. Hoy viven 911 personas.

Un pueblo donde la siesta era ley. Donde si pasabas por la plaza a las dos de la tarde, sólo escuchabas los grillos y el viento.

Donde todo estaba al alcance de una bicicleta, y nadie preguntaba la hora porque el día se medía por el sol.

Pero esta crónica no va a hablar de Inés Indart. Y eso, para mí, ya es una novedad.

Durante años, cada vez que me pedían hablar de “mi lugar”, pensaba automáticamente en el pueblo. Como si lo demás fuera solo una estación de paso.

Pero esta semana, en terapia, entendí que seguir anclado allá, en esa versión de mí, también me limita acá.

Que hay que empezar a amigarse con esta ciudad, donde ya pasé más de la mitad de mi vida.

Porque aunque Buenos Aires nunca me resultó fácil, tampoco me fue ajena del todo.

Llegué en 2001. Traía una valija flaca, una guía T bajo el brazo y el corazón lleno de costumbres que no entraban en el ritmo porteño.

Ese primer año me perdí varias veces. Caminando varias cuadras buscando calles entre coordenadas, tratando de entender cómo funcionaba esta ciudad.

En mi primera noche, incluso, olvidé las llaves adentro del departamento y tuve que pedirle ayuda a un desconocido para poder volver a entrar.

Así empecé a habitar Buenos Aires: como quien entra pidiendo permiso.

En mi pueblo, el ruido lo hacen los gallos. En Buenos Aires, el sonido de fondo son bocinas, motores y alguna que otra sirena.

Dicen que la Ciudad nunca duerme, y es verdad: más de tres millones de habitantes, más de 120 líneas de colectivo, más de 90 mil comercios abiertos todos los días.

Pero no todo es vértigo. Aprendí que hay 48 barrios, y que cada uno tiene su alma.

Que el sur también existe, y que en Parque Patricios, si parás la oreja, todavía suena un bandoneón.

En Inés Indart, la yerba se compra fiado. Acá se paga con QR. Pero el mate también se comparte.

Me recibí de periodista en 2003. Empecé a trabajar, a correr, a armar cosas. Pero por dentro, Buenos Aires seguía siendo una ciudad prestada: Un lugar al que vine a estudiar, a producir, a sobrevivir. Pero no a quedarme del todo.

Durante años creí que era la ciudad la que no me aceptaba. Pero esta semana entendí algo distinto: No es la ciudad la que me rechaza.
Soy yo el que no termina de entrar.

Porque sigo con un pie allá, abrazado a una versión de mí que ya no soy.

Y soltar eso no es olvidarme. Es abrir la mano para crecer.

Porque aunque acá no hay vecinos que saluden por nombre, hay mozos que ya saben cómo tomo el café.

Porque aunque no están los abrazos de siempre, hay nuevos afectos, nuevas redes, nuevos vínculos que también sostienen.

Después de más de quince años, tal vez es hora de dejar de habitar esta ciudad solo con los pies. Y empezar a habitarla también con el alma.

Nací en el pueblo, sí. Pero también empiezo a ser de esta ciudad.

No porque me haya olvidado de dónde vengo, sino porque estoy empezando a elegir hacia dónde quiero ir.

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