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Se fue Mactas. Queda su estilo.

El periodismo argentino perdió una de sus voces más singulares. Pero decir que Mario Mactas murió no alcanza. No es solo una noticia más. Es la despedida de un modo de pensar, de narrar, de incomodar con elegancia. Es la pérdida de una ironía filosa pero sin estridencias, de esas que te hacen sonreír y reflexionar al mismo tiempo.

Tenía 80 años y una lucidez que, a pesar de todo, seguía intacta. Lo supimos este sábado, cuando la noticia —rápida y fría— llegó desde la señal TN, donde Mactas sostenía su histórica columna “El Toque Mactas”. Dicen que la muerte duele más cuando se va alguien que decía lo que otros no sabían cómo decir. Y eso hacía él.


Nacido en Carlos Casares, en 1944, Mario fue mucho más que un periodista. Fue un guionista sensible, un narrador ácido, un provocador elegante. Escribió, dirigió, exilió su talento en España, volvió y lo repartió entre revistas, radios, libros y programas de TV. De Satiricón a Gente, de El amante de la psicoanalista a Todos los gatos son pardos, su firma era reconocible aún sin verla.

A veces provocaba. A veces emocionaba. Siempre dejaba algo. Era esa clase de cronista capaz de describir lo mismo un almuerzo, una tragedia o un detalle absurdo del país con el mismo filo.


Lo despidieron colegas, amigos, oyentes. Guillermo Lobo lo definió como una persona “clara en lo personal, lo profesional y lo periodístico”. Gustavo Tubio, al aire, dijo lo que muchos sintieron: “Nos duele hasta el alma tener que dar esta noticia”.

Fue premiado con un Konex, sí. Pero los premios no explican su lugar. Su verdadero reconocimiento fue otro: que generaciones distintas se detuvieran a escucharlo, aunque no pensaran como él. Que incluso en tiempos de gritos, su voz pausada tuviera peso.


Hoy, el periodismo argentino se queda sin una de sus plumas más lúcidas. Y eso no se reemplaza con un tuit ni con un reemplazo de columna. Porque lo que se fue con Mactas no es solo una trayectoria: es un estilo, una manera de ver el mundo que incomodaba sin gritar, que pensaba sin buscar likes.

Murió Mario Mactas. Queda su obra. Queda su mirada torcida, su pluma afilada, su pregunta incómoda. Queda —sobre todo— el desafío de seguir pensando con libertad y belleza, aunque el ruido lo tape todo.

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