La historia oculta de la bandera: entre la leyenda y la verdad

En un nuevo aniversario de la muerte del General Manuel Belgrano, creador de nuestra #BanderaNacional, en #JotaPosta recorremos los confines de la historia, para contarte algunos mitos y verdades sobre la insignia celeste y blanca, a través del relato del conocido historiador Felipe Pigna.
La
Época
En 1812, la política exterior del Primer Triunvirato se basaba
en sostener que el objetivo de la Revolución de Mayo era preservar estos
territorios para Fernando VII, que seguía cautivo de Napoleón, pero muchos,
como Belgrano pensaban que ya era tiempo de pensar en la Independencia.

El
día de la escarapela
A fines de 1811, aumentaron los ataques españoles contra las costas del Paraná
ordenadas por el gobernador español de Montevideo, Pascual Vigodet. Frente a
esto el Triunvirato encargó el 24 de enero de 1812 a Manuel Belgrano partir
hacia Rosario con un cuerpo de ejército. El general Belgrano logró controlar
las agresiones españolas e instalar una batería (una especie de fuerte militar)
en las barrancas del Paraná, a la que llamó Libertad. A Belgrano le pareció
absurdo que sus soldados siguieran usando distintivos españoles por lo que
solicitó y obtuvo permiso para que sus soldados usaran una escarapela. Por
decreto del 18 de febrero de 1812, el Triunvirato creaba, según el diseño
propuesto por Belgrano, una “escarapela nacional de las Provincias Unidas del
Río de la Plata de dos colores, blanco y azul celeste, quedando abolida la roja
con que antiguamente se distinguían”.

¿Independencia?
Belgrano se entusiasmó con el decreto y le respondió al Triunvirato,
anunciándole que el día 23 de febrero de 1812, entregó las escarapelas a sus
tropas para que “acaben de confirmar a nuestros enemigos de la firme resolución
en que estamos de sostener la independencia de la América”. Era uno de los
pocos que por aquel entonces se animaba a usar la palabra independencia. El
Triunvirato, y sobre todo su secretario, Bernardino Rivadavia, estaba
preocupado en no disgustar a Gran Bretaña, y a su embajador en Río de Janeiro,
Lord Strangford, con quien estaba negociando la retirada de los portugueses de
la Banda Oriental, a condición de que no se mencionase el tema de la
independencia.
La
bandera
Belgrano seguía empeñado en avanzar en el camino hacia la libertad. El 27 de
febrero de 1812, inauguró una nueva batería, a la que llamó Independencia. Allí hizo formar a sus tropas
frente a una bandera que había cosido doña María Catalina Echeverría, una
vecina de Rosario. La bandera tenía los colores de la escarapela y su creador
ordenó a sus oficiales y soldados jurarle fidelidad diciendo “Juremos vencer a
los enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la
Independencia y de la Libertad.”.

La
reacción del Triunvirato
Al enterarse el Triunvirato de la decisión de Belgrano de crear una bandera
propia, reaccionó inmediatamente: “El gobierno deja a la prudencia de V.S.
mismo la reparación de tamaño desorden (la jura de la bandera), pero debe
prevenirle que ésta será la última vez que sacrificará hasta tan alto punto los
respetos de su autoridad y los intereses de la nación que preside y forma, los
que jamás podrán estar en oposición a la uniformidad y orden. V.S. a vuelta de
correo dará cuenta exacta de lo que haya hecho en cumplimiento de esta superior
resolución”.
A
guardar la bandera
Pero Belgrano no llegó a enterarse de esta resolución hasta varios meses
después de emitida y siguió usando la bandera nacional que fue bendecida el 25
de mayo de 1812 en la Catedral de Jujuy por el sacerdote Juan Ignacio Gorriti.
En julio recibió finalmente la intimación del Triunvirato y contestó admitiendo que en dos oportunidades había izado la bandera para “exigir a V.E. la declaración respectiva en mi deseo de que estas provincias se cuenten como una de las naciones libres del globo”. Concluye la carta indignado diciendo que destruirá la bandera: “La desharé para que no haya ni memoria de ella. Si acaso me preguntan responderé que se reserva para el día de una gran victoria y como está muy lejos, todos la habrán olvidado”.

A jurar
la bandera
En octubre de 1812 caía el Primer Triunvirato y las cosas comenzaban a cambiar.
El Segundo Triunvirato, bajo la influencia de la Logia Lautaro creada por San
Martín y la Sociedad Patriótica dirigida por Bernardo de Monteagudo, dio un
nuevo impulso a la guerra revolucionaria, avaló lo actuado por Belgrano y éste
pudo hacer jurar la bandera por sus tropas a orillas del río Pasaje, que desde
entonces se llama Juramento.
Hasta llegar a ser como la conocemos hoy, la bandera nacional sufrió cambios de
colores, de formas, leyes, y decretos.
¿Por
qué celeste y blanca?
Hay muchas teorías sobre las fuentes de inspiración para la creación de la
escarapela de la que derivan los colores de la bandera. Mirándolo con atención,
todas las teorías tienen una relación entre sí. Los colores del cielo fueron
tomados para representar el manto de la Inmaculada Concepción. Estos colores, a
su vez fueron elegidos por la dinastía de los Borbones para la condecoración
más importante que otorgaban: la Orden de Carlos III, celeste, blanca y
celeste, y de allí surgió el color del penacho de los patricios y, seguramente,
la escarapela.

la Orden de Carlos III ya utilizaba el Celeste y Blanco
Desagravio
El Congreso de Tucumán se encargó de desagraviar a Belgrano de aquel famoso
reto del Triunvirato reivindicando su actuación patriótica y ratificando la
bandera “celeste y blanca que se ha usado hasta el presente y se usará en lo
sucesivo” como símbolo nacional. Durante la época de Rosas, sus partidarios se
identificaban con el color rojo, mientras que sus opositores unitarios lo
hacían con el celeste. Para evitar confusiones, Rosas mandó oscurecer la
bandera que pasó a ser azul, blanca y azul, con cuatro gorros frigios, uno en
cada ángulo.

la Orden de Carlos III
Otra
vez celeste y blanca
Tras la caída de Rosas en 1852, la bandera vuelve a ser celeste, blanca y
celeste. Hasta que Sarmiento lo autorizó en 1869, estaba prohibido embanderar
casas y edificios en las fechas patrias. Pero el presidente Roca en 1884 volvió
a limitar su uso a las reparticiones oficiales como escuelas, cuarteles y
barcos. Y aunque parezca mentira, se siguió discutiendo si debía ser azul y
blanca o celeste y blanca hasta que en 1944 el presidente Farrell estableció
por decreto que: “La bandera oficial de la Nación es la bandera con sol. Los
colores están distribuidos en tres franjas horizontales celeste, blanca y
celeste. El sol, con los treinta y dos rayos flamígeros y rectos, será del
color amarillo del oro”. Esta bandera fue durante mucho tiempo la bandera
llamada “de guerra” y quedó reservada a los actos oficiales. Finalmente, en
1985, durante la presidencia del Dr. Raúl Alfonsín se autorizó a todos los
argentinos a usar la bandera con el sol en el centro.

El Monumento a la Bandera
El proyecto se originó el 3 de mayo de 1898, cuando el Concejo Deliberante de la Ciudad de Rosario aprobó una ordenanza para levantar un monumento en homenaje a nuestra bandera y a su creador, justamente en el lugar donde Belgrano la hizo flamear por primera vez. El poder ejecutivo Nacional, por Ley del 30 de septiembre de 1903, se hizo cargo de las obras. Pero recién en 1943 comenzó la construcción a cargo del arquitecto Ángel Guido y los escultores Alfredo Bigatti y José Fioravanti. Fue inaugurado el 20 de junio de 1957.



