John Cheever, el arquitecto de los suburbios: cuentos con piscina, whisky y soledad bajo el sueño americano
En Quincy, Massachusetts, una cuna discreta en el mapa y en la historia, nace John Cheever, el niño que con el tiempo escribiría los suburbios como otros escriben epopeyas. Su prosa, luminosa y melancólica, supo abrir ventanas en casas cerradas, espiar lo inconfesable entre trajes planchados y cócteles vespertinos. Fue llamado, no sin razón, “el Chejov de los barrios residenciales”.

Ganador del Premio Pulitzer en 1978 por su recopilación de cuentos completos, Cheever retrató el alma estadounidense con una mezcla de compasión, ironía y una tristeza que se cuela como el sol entre las cortinas. Obras como Bullet Park y Falconer consolidaron su voz también en la novela, siempre en el límite entre la gracia y la desesperación.
Murió en 1982, poco después de haber cumplido 70 años, dejando tras de sí un legado literario que no se apagó con su último aliento. Póstumamente, sus cartas y diarios vieron la luz, desnudando las sombras de un hombre que, como sus personajes, luchó entre la máscara y la verdad.

Hoy, a más de un siglo de su nacimiento, John Cheever sigue habitando las bibliotecas con el mismo sigilo con que habitó las almas de sus lectores.




