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Dia de la Tierra: Un S.O.S que aun no interpretamos

Si uno pudiera tener uso de razón a los cuatro o cinco meses de vida, quizá recordaría años después todo lo que sufrió para que lo entendieran.

Hace tiempo que nuestro planeta atraviesa una situación parecida. Grita, llora, patalea, se mueve, aúlla… y quienes deberían atender sus males siguen hablando de otra cosa. Le hacen “ajó”, le muestran distracciones pasajeras, inventan excusas, pero nadie apunta al verdadero problema.

Resulta curioso cómo la humanidad logra entender a los perros sin compartir idioma, cómo millones cantan canciones en inglés sin dominarlo, cómo rusos, chinos, latinoamericanos o estadounidenses comprenden perfectamente de petróleo aunque cada uno lo nombre distinto. Sin embargo, pocos parecen comprender a un planeta que hace gestos inmensos.

La Tierra habló siempre.

Lo hizo cuando le arrancaban uno de sus pulmones, con incendios récord y deforestación en la Amazonia durante los últimos años (1), mientras muchos discutían estadísticas y otros celebraban ganancias inmediatas.

Lloró con tormentas cada vez más violentas, lluvias extremas e inundaciones que los bosques —hoy reducidos— podrían haber amortiguado.

Sigue vociferando desde los polos. El hielo retrocede, el nivel del mar avanza y cada temporada su llanto moja nuevas costas. Pero todavía cuesta escucharla.

Hizo un berrinche terrible y devastador en febrero de 2023 (2), cuando un terremoto en Turquía y Siria dejó una tragedia humanitaria de escala global. Otra vez, el foco quedó puesto en los escombros y no en la advertencia de fondo: seguimos construyendo fragilidad sobre un mundo alterado.

Como a un niño de meses de vida, se multiplican diagnósticos improvisados: es un ciclo natural, siempre pasó, exageran, ya se acomodará solo. Pero mientras discuten etiquetas, la Tierra se desgarra por dentro y pide socorro.

Da manotazos de ahogada. Hace caer nieves históricas en lugares impensados (3), lanza olas de calor abrasadoras donde antes había inviernos previsibles, mezcla estaciones, rompe calendarios.

Se sacude en lo más profundo de su ser (4), y muchos todavía lo llaman simplemente “normal”. Inevitable.

Cada día su pesar se vuelve más evidente. Sequías severas en Sudamérica. Incendios forestales en Canadá, Grecia, Chile o Australia. Inundaciones récord en Brasil, España o Pakistán. Huracanes más destructivos en el Atlántico. Amenazas de tsunami en el Pacífico.

Son pocas las voces que advierten con claridad qué intenta explicarnos el planeta. Científicos, especialistas, comunidades afectadas. Pero como no gritan más fuerte que los mercados o la política de corto plazo, demasiadas veces quedan al margen.

Entonces la razón parece quedar del lado de los insensatos.

Y son ellos quienes proponen falsas curas: guerras, extractivismo sin límites, discursos vacíos, promesas a futuro mientras aceleran el daño en el presente.

Y la Tierra sufre, grita, se desarma, tiembla, se derrite.

Y ellos siguen ahí, con el antídoto delante de los ojos, pero mirando a Marte.



Referencias

(1) Incendios y deforestación en la Amazonia entre 2019 y 2025. Fuentes: WWF, Greenpeace, Global Forest Watch.

(2) Terremoto de Turquía y Siria, 6 de febrero de 2023. Magnitud 7,8. Más de 50 mil víctimas fatales.

(3) Nevadas y eventos extremos inusuales en regiones poco habituales, incluyendo tormentas históricas en Europa, Estados Unidos y Sudamérica entre 2021 y 2025.

(4) Terremotos recientes de alto impacto: Marruecos (2023), Japón (2024), Taiwán (2024), Myanmar/Tailandia (2025).

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