Malvinas de primetime: la soberanía de cartón y el patriota de alquiler

El viento patagónico aúlla en las costas del sur, pero el verdadero temblor provino de las pantallas en una cadena nacional que dejó más sombras que certezas. Javier Milei irrumpió en los hogares para advertir que la soberanía nacional enfrenta un peligro urgente, agitando un Decreto de Urgencia y un proyecto legislativo para endurecer la postura en el Atlántico Sur. Con tono adusto, convocó a un frente unido y prometió blindar los recursos estratégicos, en un giro discursivo tan ampuloso como desconcertante para quien hasta ayer administraba la desmalvinización como una doctrina inquebrantable de libre mercado.
Detrás de la retórica grandilocuente de los anuncios sobre bases navales y leyes de protección, la realidad insular opera bajo otras coordenadas que la geopolítica televisiva ignora deliberadamente. Mientras se agita el fantasma de la vulnerabilidad, los avances de empresas de capitales y tecnología israelí en tareas de exploración y servicios dentro del archipiélago marchan a paso firme, consolidando negocios extractivos bajo el amparo de la administración colonial británica. La asimetría entre el discurso de trinchera y la pasividad comercial frente a los intereses extranjeros en las aguas australes desnuda las costuras de un relato que grita patria en los papeles mientras convalida de hecho los negocios ajenos.

Aquí es donde la coherencia ideológica se quiebra en mil pedazos: ¿por qué recién ahora se acuerdan de la ley 26.659, sancionada allá por 2011 durante el gobierno de Cristina Kirchner, que prohíbe taxativamente la exploración y explotación de hidrocarburos en la Plataforma Continental Argentina sin autorización del Estado nacional? Durante tres largos años de gestión, el propio oficialismo se encargó de cajonearla, ignorarla y dejarla inactiva. La repentina furia legalista no nace de una epifanía patriótica, sino de la desesperación por encontrar un ancla a la deriva cuando las herramientas del ajuste y la motosierra empiezan a mostrar sus límites estructurales frente a una sociedad golpeada.
Resulta insólito exigirle fervor nacional a un presidente que jamás ocultó su devoción incondicional por Margaret Thatcher, a quien supo catalogar de figura brillante, mimetizándose con aquella lógica de la autodeterminación kelper que legitima al ocupante por sobre el despojado. No hace tanto tiempo, cuando la Selección Argentina de fútbol —la querida Scaloneta— desplegó una bandera reivindicando las Malvinas tras vencer a Inglaterra, el propio Milei salió a cruzar a los jugadores tildando el gesto de eslogan populista y berreta, prefiriendo cuidar la sensibilidad de la corona británica antes que bancar una expresión popular espontánea. Hoy, el mismo hombre que minimizó aquel hito deportivo pretende erigirse en el gran patriota de bronce, exigiendo un alineamiento nacional que él mismo socavó con sus declaraciones pro británicas.

El cálculo geopolítico actual descansa en una apuesta tan frágil como peligrosa: confiar ciegamente en que Donald Trump intervendrá y votará a favor de la Argentina en los estrados internacionales o pondrá contra las cuerdas al Reino Unido. Sin embargo, la reciente presión ejercida por la Casa Blanca sobre los británicos responde estrictamente a los intereses estratégicos de Washington en conf
lictos globales donde Londres no acompaña, y no a una defensa altruista de los derechos argentinos. ¿Qué pasará si la diplomacia norteamericana recalibra sus alianzas y vuelve a abrazar a su histórico socio europeo? ¿Volverá Milei a calzarse el traje de admirador de Thatcher y a relegar el reclamo soberano al fondo del archivo?

La iniciativa de fomentar una nueva base naval en Tierra del Fuego abre otro interrogante inquietante sobre el destino de nuestra soberanía territorial. Lejos de constituir un bastión para la defensa de los recursos propios y la verdadera autodeterminación, late el temor latente de que esta infraestructura termine siendo ofrecida o cogestionada bajo la tutela de potencias extranjeras a cambio de un respaldo financiero internacional que oxigene temporalmente a la administración central. La patria militarizada como moneda de cambio para satisfacer las exigencias del tablero global no es defensa nacional, sino una forma sofisticada de protectorado.
Todo este sainete discursivo huele inevitablemente a un manotazo de ahogado desesperado, un espejo trágico que retuerce la historia recordando los peores fantasmas de Galtieri cuando vislumbró que el modelo se desmoronaba y las encuestas de popularidad comenzaban a darle la espalda. La recuperación económica prometida nunca llega a los bolsillos de los trabajadores y la bronca social se acumula en los barrios, obligando al poder político a agitar causas nobles para desviar la atención del ajuste cotidiano. La gran incógnita que nos devora las entrañas es simple y dolorosa: ¿desde cuándo se volvió tan malvinero este presidente?

La postura formal de defender el territorio no es incorrecta en su enunciado abstracto, pero resulta profundamente espuria, impostada y cínica cuando brota de labios que ayer nomás despreciaban la gesta y el sacrificio de nuestros combatientes. Enarbolar las Malvinas como un recurso de cabotaje electoral para disimular la propia debilidad institucional es una falta de respeto a la memoria de los caídos y a la inteligencia del pueblo. La patria no se declama por cadena nacional en los momentos de zozobra económica; se defiende todos los días con soberanía productiva, con justicia social y con una memoria firme que no se vende al mejor postor de la geopolítica internacional.


