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El parque que nos hizo volar y terminó en tragedia: así se apagó para siempre el Italpark

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Hubo un tiempo en que Buenos Aires tenía un parque de diversiones en pleno centro, al borde de Avenida del Libertador, donde hoy se cruzan esculturas, turistas y corredores de domingo. En ese mismo espacio verde donde ahora flamean banderas culturales y food trucks gourmet ofrecen empanadas de autor, alguna vez hubo una postal distinta: gritos de emoción, pochoclos, fichas, luces y una montaña rusa que parecía tocar el cielo.

Se llamaba Italpark. Y durante tres décadas fue parte de la infancia —y la adolescencia— de miles. Hasta que un día, la risa se apagó para siempre.

El parque que quería ser Europa

Inaugurado en 1960 por la familia Zanon, inmigrantes italianos que habían perdido su fábrica de juegos mecánicos durante la Segunda Guerra Mundial, el Italpark llegó con ambición y una estética propia. Querían replicar en Buenos Aires algo de lo que el viejo continente había perdido.

Con 35 juegos electromecánicos traídos desde Italia, se transformó pronto en el parque más grande y moderno de Sudamérica. Los autitos chocadores, el tren fantasma, el Dumbo, el Laberinto del Terror. Pero todo cambió cuando llegó desde Rotterdam la estrella mayor: una montaña rusa colosal, inaugurada en 1980. Y dos años después, un juego frenético, veloz y popular: el Matter Horn.

Durante las vacaciones, las filas serpenteaban por Callao y cruzaban Libertador. Entraban más de diez mil personas por día. Era el plan obligado de la clase media porteña, una promesa de vértigo y asombro.

El fuego, las señales y el descontrol

La historia del Italpark no está hecha solo de luces. En 1978, el tren fantasma fue consumido por un incendio de origen nunca esclarecido. Años después, ardieron la pista de autos Súper Monza y el Laberinto del Terror. Aunque algunos de esos juegos fueron reconstruidos, algo empezaba a fallar. Algo se descosía detrás de la fachada colorida.

Las inspecciones eran mínimas. Las reparaciones, improvisadas. El tiempo, despiadado. Pero el parque seguía funcionando, sin controles reales ni actualizaciones técnicas.

La tragedia que no se pudo evitar

El 29 de julio de 1990 fue un domingo frío de vacaciones de invierno. Roxana Alaimo, de 15 años, subió al Matter Horn junto a su amiga Karina Benítez. El carro se soltó en plena velocidad. Roxana impactó contra una baranda metálica y murió en el acto. Karina sobrevivió con heridas graves.

El juego, una calesita de alta velocidad con vagones giratorios sujetos a un eje central, jamás había pasado una revisión técnica completa. Era una tragedia anunciada, pero ignorada.

El parque fue clausurado de inmediato. Hubo intentos de reapertura, reparaciones express, gestos desesperados para recuperar el negocio. Nada funcionó.

Un informe del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) fue contundente: fatiga de materiales, arreglos precarios, falta total de controles.

En noviembre de 1990, la clausura fue levantada por un juez. El Italpark abrió un fin de semana más. Fue casi un acto simbólico: la ciudad ya no confiaba. Nadie volvió.

Lo que queda

Donde alguna vez sonaron carcajadas, hoy quedan esculturas, pasto recién cortado y postales de postal. El Parque Thays, elegante y moderno, ocupa el lugar exacto donde Buenos Aires tuvo su parque más icónico. Pero debajo del verde, sigue latiendo la memoria de una ciudad que se creyó moderna sin medir consecuencias.

El Italpark no fue solo una historia de juegos. Fue una radiografía de un país: su vértigo, su ambición, su falta de controles, su nostalgia. Un parque que hizo volar a millones y que, al final, terminó estrellado.

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