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Día de la Escarapela Nacional: Emblema de Libertad e Identidad

En el invierno de 1812, cuando el Paraná susurraba historias de batalla y resistencia, un símbolo comenzó a bordarse con hilos de esperanza sobre el pecho de los hombres que soñaban con la libertad. Era la escarapela nacional, un pequeño emblema de cintas celestes y blancas que Manuel Belgrano mandó crear para distinguir a sus soldados del yugo español.

A fines de 1811, la amenaza española crecía como tormenta inminente, azotando las costas del Paraná con embestidas ordenadas por el gobernador de Montevideo, Pascual Vigodet. Frente a este escenario, el Triunvirato confió en Belgrano, un hombre de convicciones firmes y mirada clara, quien partió hacia Rosario con un ejército decidido a defender la tierra naciente. Allí, en las barrancas del río, alzó una batería a la que bautizó “Libertad”, como una promesa de futuro.

Pero en medio de la lucha, Belgrano percibió algo absurdo: sus soldados aún portaban insignias españolas, colores que representaban el antiguo dominio que se pretendía romper. Fue entonces cuando pidió permiso para crear un distintivo propio, una marca que hablara de identidad y rebelión.
El 18 de febrero de 1812, el Triunvirato decretó la creación de la escarapela nacional, hecha con los colores blanco y azul celeste, relegando el rojo que antes señalaba sometimiento. Así nacía un símbolo que, aunque pequeño en tamaño, cargaba con el peso de la esperanza y la unidad de un pueblo en busca de su destino.
Aquella mañana del 25 de mayo, bajo un cielo gris y lluvioso, en la Plaza de la Victoria, los revolucionarios de la “Legión Infernal” comenzaron a repartir cintas azules y blancas. No era sólo un adorno, sino una declaración de lealtad y coraje, una señal visible de que aquellos hombres y mujeres estaban dispuestos a enfrentar el cambio, a desafiar al viejo régimen.

La escarapela no es sólo un emblema militar; es un testigo de nuestra identidad, un lazo invisible que une pasado y presente. No importa su forma —cucarda, cinta, lazo o moño—, siempre luce con orgullo sobre el lado izquierdo del pecho o en la solapa, recordándonos que la patria se lleva en el corazón.
Aunque sus orígenes se pierden en la bruma de los documentos imprecisos, la historia nos confirma un hecho: fue Belgrano quien solicitó su uso para uniformar y distinguir a quienes luchaban por la emancipación. Desde entonces, la escarapela trascendió los campos de batalla para convertirse en un símbolo popular, una insignia de pertenencia y memoria colectiva.
Cada 18 de mayo, celebramos su día oficial, honrando ese pequeño gran emblema que en sus colores celeste y blanco nos recuerda que la libertad no es solo un sueño, sino un derecho conquistado con valor y convicción.
Un susurro popular:
En las calles y rincones de Argentina corre un dicho que siembra intriga: “Pasará el día de la escarapela”. Una frase que, como un enigma, invita a esperar lo inesperado. Curioso es saber que, aunque celebramos esta efeméride cada 18 de mayo desde 1935, el nacimiento real de la escarapela se remonta al 18 de febrero de 1812. Así, ese día se vuelve un símbolo de paciencia, misterio y la promesa de cambios aún por llegar.



