Entre la bomba y la fe: qué hay detrás del odio entre Irán e Israel
En las últimas décadas, el conflicto entre Israel e Irán se ha convertido en una de las tensiones geopolíticas más complejas y peligrosas del escenario internacional. Lejos de tratarse de una disputa circunstancial, involucra dimensiones religiosas, políticas, estratégicas e ideológicas que superan ampliamente las fronteras de ambos países. En esta nota, analizamos las raíces históricas del enfrentamiento, los intereses en juego y las posturas de cada parte, desde una mirada crítica e imparcial basada en datos.

Una enemistad que no comenzó con las armas
Antes de la Revolución Islámica de 1979, Irán e Israel mantenían relaciones diplomáticas relativamente normales. Pero ese vínculo cambió drásticamente con la llegada al poder del Ayatolá Ruhollah Jomeini. El nuevo régimen iraní consideró a Israel un enemigo del Islam por su ocupación de territorios palestinos y rompió relaciones, adoptando desde entonces una postura ideológicamente antisionista.

Israel, por su parte, interpreta desde hace años que la hostilidad iraní representa una amenaza existencial. No solo por su retórica, sino por el respaldo que Teherán brinda a grupos armados como Hezbollah en el Líbano y Hamas en Gaza, ambos enemigos activos del Estado israelí.
Claves históricas y estratégicas para entender el conflicto
Trasladémonos al año 1947, precisamente al 29 de noviembre. La ONU establece (bajo el guiño positivo tanto de los Estados Unidos como por la mayoría de los países latinoamericanos y la URSS) la constitución en la Franja de Gaza de dos Estados, el de Israel y Palestina. Esta resolución no mencionaba al Estado de Israel (que no existía entonces) ni a los palestinos (que en ese momento eran denominados “árabes de Palestina”). Lo que indicaba era dividir el Mandato británico en dos partes, una sería judía y otra sería árabe.
La Agencia Judía aceptó y en mayo de 1948, cuando el Imperio Británico era sombra de su sombra y emprendía la retirada, los judíos proclamaron su Estado al cual dieron el nombre de Israel. Pero la monarquía árabe de la época (marionetas del Imperio inglés) rechaza la resolución de la ONU, considerándola “injusta en su repartición”, omiten el gesto de paz de David Ben Gurión y optan por la guerra, como única solución al conflicto. Inicia así la primera de una sucesión de batallas. En esta es Israel el que sale vencedor. Aun así los árabes desisten de firmar la paz y tampoco consienten un armisticio. Posteriormente, hubo –aparte de continuas escaramuzas- guerras en 1956, 1967, 1973 y 1982.

La de 1967, conocida como “la Guerra de los Seis Días”, es quizás la más influyente para analizas lo que sucede hoy. Entonces el ejército israelí ocupó Cisjordania, Gaza, los Altos del Golán y la península del Sinaí. Por ello, en nuestros días, se refiere a esas zonas como ‘territorios ocupados’, pues fueron porciones de tierra que la ONU no le entregó al nuevo Estado judío. Israel devolvió el Sinaí totalmente en 1982, tras un tratado de paz que firmó con Egipto en 1978. El resto de territorios siguieron ocupados. Algunos oradores erróneamente los citan “colonias judías”, siendo que son en realidad ciudades (algunas como Sderot -demasiado cerca de Gaza- atacada desde hace muchos años por cohetes y misiles procedentes de edificios palestinos en Gaza es, claramente, una ciudad).
En el medio de la historia, existieron ráfagas en la que la razón pareció ganar terreno: Basta recordar las negociaciones a comienzos de los 90 (en Madrid y Oslo) y en 1993 con el famoso apretón de manos entre Isaac Rabin y Yasser Arafat, bajo el auspicio de Bill Clinton.
A su vez, los palestinos, tuvieron una nueva oportunidad para constituir un gobierno de unidad nacional. En 2005 Israel desalojó el territorio de Gaza, sacando a sus soldados e incluso echando por la fuerza a los judíos ultra ortodoxos que se habían establecido allí. Pero la insurrección de antinomias locales (el grupo terrorista Hamas – que responde al fundamentalismo iraní – obligó a huir a los militantes de Al-Fataj, el grupo creado por Yaser Arafat) impidieron la conciliación y los disparos contra territorio israelí no sólo no disminuyeron sino que se intensificaron.
Derechos humanos y doble vara
Tanto Israel como Irán han sido objeto de críticas por violaciones a los derechos humanos. Organismos como Amnistía Internacional y Human Rights Watch han documentado abusos de ambos lados. Israel ha sido cuestionado por su política hacia los territorios ocupados, el bloqueo sobre Gaza y el uso desproporcionado de la fuerza. Irán, por su parte, enfrenta denuncias por represión interna, falta de libertades civiles y apoyo a grupos que han cometido crímenes de guerra.
Un conflicto que interpela al mundo
El enfrentamiento entre Israel e Irán no puede comprenderse sin el contexto global que lo rodea. Estados Unidos, Rusia, la Unión Europea, China y las potencias árabes cumplen un rol activo —o al menos influyente— en el equilibrio de poder regional. Sin embargo, la comunidad internacional no ha logrado generar un marco de diálogo sostenible que permita desescalar la tensión.
En tanto, en una mirada crítica, vale mencionar que acaso los palestinos son responsables al no poder preservar su unidad. Y sus sectores integristas (Hamás, la Yihad Islámica) lo son de haber cometido, a su vez, magnos y atroces crímenes, como los atentados suicidas o los misiles de Hamás contra civiles, que son a su vez inhumanos y absurdos.
Pero acaso Israel posee, también, su cuota de culpabilidad. Basta recordar los violentos desalojos de 1946 de la población rural originaria, que fue expulsada hacia tierras marginales (Gaza y Cisjordania). O el incurrir frecuentemente, y de manera desvergonzada, en represalias furiosas vulnerando el Derecho Internacional o los Convenios de Ginebra, por caso. Y sin ir tan lejos, se repudia también el accionar en los últimos años en Gaza, donde se ataca población civil o no se deja entrar ayuda a hospitales.

Es posible, quizás, que si los árabes hubieran aceptado la resolución de 1947, hoy existiría ese Estado musulmán, con la misma antigüedad que el de Israel, que pese a los continuos conflictos en sus 60 años de existencia, logró convertirse en el único estado democrático en todo Oriente Medio. Hizo la paz con Egipto y con Jordania, devolviendo territorios y anhela lo mismo con Siria y Líbano. Incluso, si la historia hubiera tomado otro camino, consecuentes de la fatalidad de las leyes económicas, podemos imaginar que palestinos y julios estarían vinculados estrechamente entre sí.
Más allá de los intereses estratégicos y de las narrativas ideológicas, hay una certeza que permanece: en este conflicto, como en tantos otros, las principales víctimas son las poblaciones civiles, que sufren las consecuencias de decisiones tomadas muy lejos de sus vidas cotidianas.
Comprender este conflicto no es justificar a ninguna de las partes, sino tratar de aportar una mirada que desnaturalice la violencia, ilumine sus causas estructurales y abra el camino hacia una paz que, por ahora, parece lejana.

