Cuando el problema no es la casta, sino tu vice
Por Redacción JotaPosta
El Senado fue escenario, pero el verdadero espectáculo sucedía en la trastienda. No se escucharon gritos. No volaron carpetazos. Pero el quiebre se sintió con la contundencia de una cachetada en cámara lenta. El oficialismo se partió al medio, y ya nadie se esfuerza por disimularlo.

Javier Milei quería vetar. Victoria Villarruel prefirió votar. La diferencia parece sutil, pero definió una noche en la que el Presidente terminó derrotado, expuesto y —según cuentan— furioso. No por una ley, ni por un número parlamentario. Furioso con su vice. Porque esta vez no lo acompañó. Y porque, para peor, se animó a explicarlo en voz alta.
“Un jubilado no puede esperar y una discapacitada menos”, dijo Villarruel tras desempatar la continuidad de la moratoria previsional. Más que una frase, fue una línea de fractura. No con la oposición, sino con su propio espacio. En paralelo, el Senado rechazaba también —por unanimidad— el veto presidencial al fondo de emergencia para Bahía Blanca. El discurso de ajuste no encontró eco ni siquiera entre los propios.
Desde el entorno presidencial, la calificaron de traidora. Ella respondió con otra daga: “Que el Presidente ahorre en viajes y en la SIDE”. Fin del comunicado.
Lo que se esconde tras esa frase es una interna que ya no se puede gestionar en off. No hay más reuniones, ni saludos, ni fotos. El 25 de mayo ni siquiera se cruzaron en el Tedeum. El Gobierno libertario llegó al poder con un binomio insólito: uno gritaba desde la motosierra; la otra susurraba desde los cuarteles. Hoy, esa dupla cruje como los cimientos de un edificio sin planos.
Villarruel sostiene que su función es defender la Constitución, no obedecer caprichos. Y deja entrever que hace semanas que no habla con el Presidente. Nadie lo niega. Nadie lo niega porque, a esta altura, ya no es necesario.
El poder se mide en gestos, no en tuits. Y lo que pasó en el Senado fue exactamente eso: un gesto político con olor a ultimátum. El problema no fue el resultado legislativo, sino el mensaje implícito: hay una parte del oficialismo que empieza a jugar su propio juego.
Y en ese tablero, el ajedrez de la Rosada se volvió batalla sin aliados.

