¿Son rocas congeladas? Qué dice la ciencia sobre los glaciares

Durante el debate por la reforma de la Ley de Glaciares en el Senado, los legisladores libertarios Bruno Olivera y Enzo Fullone justificaron el avance sobre la norma ambiental con una definición que generó fuerte polémica: aseguraron que existen glaciares que serían apenas “rocas congeladas que no sirven para nada”.
La frase no pasó desapercibida. En su exposición, Olivera cuestionó que la ley vigente proteja definiciones que considera demasiado amplias y sostuvo que se termina resguardando “absolutamente todo lo que no es agua”, al equiparar geoformas con función hídrica a “una roca congelada a 4.000 metros de altura que no tiene ninguna injerencia hídrica”. En la misma línea, Fullone afirmó que “son rocas a 4.000 metros congeladas que hoy no sirven para nada y no modifican ningún problema con el recurso hídrico”.
Qué dice la ciencia sobre los glaciares
Desde el punto de vista científico, calificar a ciertos glaciares como inútiles no es una opinión técnica discutible, sino una afirmación incorrecta. La glaciología define a los glaciares como masas de hielo permanentes que almacenan agua y cumplen funciones esenciales dentro del ciclo hidrológico.
Esa definición incluye:
- Glaciares descubiertos (hielo visible).
- Glaciares cubiertos (hielo protegido por sedimentos).
- Glaciares de escombros (mezcla de roca y hielo en alta montaña).
La presencia de roca en superficie no elimina el hielo ni su rol ambiental. Reducir estas formaciones a “piedras congeladas” implica desconocer décadas de investigación sobre hidrología de montaña.
El agua que no se ve
Un glaciar no se mide por su apariencia superficial ni por su rentabilidad económica. Muchos de los glaciares cuestionados contienen hielo intersticial protegido por capas de sedimentos que funcionan como aislante térmico y ralentizan la fusión.
Esa liberación gradual de agua es clave para sostener ríos y acuíferos durante períodos secos. No todo el aporte hídrico es inmediato ni visible. En regiones áridas y semiáridas de la cordillera argentina, estos reservorios resultan fundamentales para el abastecimiento humano, la agricultura y la estabilidad de cuencas completas.
A ello se suma la función del ambiente periglacial, que regula la temperatura del suelo, estabiliza laderas, reduce la erosión y mantiene el equilibrio geomorfológico en zonas de alta montaña. Alterarlo puede acelerar la pérdida de hielo subterráneo y generar daños difíciles de revertir.
El contexto político
Las declaraciones se produjeron en el marco de la media sanción a la reforma impulsada por el gobierno de Javier Milei, que busca redefinir qué formaciones quedan protegidas por la Ley de Glaciares.
En ese escenario, relativizar el valor de determinados glaciares aparece para sectores ambientalistas como parte de una estrategia discursiva orientada a flexibilizar controles y habilitar actividades extractivas en alta cordillera.
Organizaciones como Greenpeace Argentina y numerosos científicos advirtieron que este enfoque pone en riesgo reservas estratégicas de agua en un país cada vez más afectado por sequías prolongadas.

Más que una frase
Cuando conceptos básicos se distorsionan en el recinto y se legisla bajo esa premisa, el debate deja de ser semántico. La discusión pasa a ser estructural: qué lugar ocupa la evidencia científica en la toma de decisiones públicas y cómo se ponderan los beneficios económicos frente a la protección de recursos naturales críticos.
En un país atravesado por la crisis hídrica en varias regiones, la pregunta ya no es si un glaciar “sirve o no sirve”. La discusión es cuánto cuesta ignorar lo que la ciencia viene explicando hace décadas.



