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Teatro | La Máquina del Tiempo y la pregunta que deja flotando: ¿Y si el año 802.701 ya empezó?

Por Jota Posta

Viernes. Casi medianoche. La avenida Corrientes exhala ese vaho de pizza recalentada y neón cansado. Pero en el Teatro Multiescena, el aire cambia. No huele a 2026, huele a aceite de engranaje, a utopía victoriana y a esa urgencia que solo el teatro independiente sabe parir cuando se propone jugar a lo grande.

Regresó “La Máquina del Tiempo”. Y no volvió como un simple reestreno; volvió como un acto de resistencia cultural bajo la batuta de Luis Belenda.

El hombre que habitaba sus propios sueños

Hay algo de quijotesco en la figura de Belenda. No le alcanzó con adaptar el clásico de H.G. Wells, ni con componer la banda sonora, ni con dirigir a una tropa de doce almas sobre el escenario. El tipo se calza el traje de Wells y se sube él mismo a la estructura metálica que domina la escena. Una máquina real, física, de esas que crujen y tienen peso, lejos de la frialdad del chroma y el efecto digital que hoy nos invade.

La apuesta de la Agrupación Teatral ACUARELA es, cuanto menos, ambiciosa. En un circuito donde la austeridad suele ser la norma, aquí hay despliegue. Se nota el pulso de Matias Alarcón y Gisela Parapar en la producción para sostener una puesta que, aunque redujo su elenco de 16 a 12 artistas, ganó en densidad y potencia visual.


Entre el Hedonismo y la Bestialidad

La historia la conocemos, pero verla encarnada duele distinto. El científico del 1900 viaja al porvenir buscando progreso y se encuentra con el espejo roto de nuestra especie.

  • Los Eloi: Esos herederos del placer vacío, bellos y decadentes, que parecen una parodia de nuestra actual obsesión por el scroll infinito y la gratificación inmediata.
  • Los Morlocks: Criaturas monstruosas, hijas de la opresión, que habitan la sombra.

El contraste es brutal y la coreografía de Aylen Cerza junto a las escenas de acción de Miguel Villaverde logran que ese mundo distópico se te meta en las costillas.

El destello de lo artificial

Pero si hay un momento donde el tiempo parece detenerse, es cuando aparece Leandro Ciardelli. Su interpretación del androide —con ese pulso que remite a la frialdad estética de Amenábar— es magnética. Ciardelli logra esa sutil e inquietante frontera entre lo humano y lo programado, recordándonos que el futuro que Wells imaginó hace más de un siglo ya nos está respirando en la nuca.


¿Por qué ir a verla?

Porque en la era de la IA y la aceleración desenfrenada, “La Máquina del Tiempo” no es una obra de ciencia ficción; es una pregunta filosófica gritada desde un escenario. Es un recordatorio de que la curiosidad y el encuentro humano son las únicas piezas que no pueden ser reemplazadas por engranajes.

La cita es obligada:

Dónde: Teatro Multiescena (Av. Corrientes 1764) Cuándo: Viernes a las 23:00 hs. El veredicto: Un viaje necesario para entender que, aunque viajemos al año 802.701, los dilemas éticos siguen siendo los mismos que nos desvelan hoy frente al espejo.

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