Tras la tragedia en España: repasamos los accidentes ferroviarios en la historia de Europa

El acero, ese gigante frío que prometía unir distancias en suspiros, se retorció ayer en la penumbra de la localidad de Adamuz, en la provincia de Córdoba, al sur de España. No fue solo un estruendo de metal contra balasto; fue el grito seco de la tragedia que irrumpió en la calma de Adamuz. Dos colosos de alta velocidad, el Iryo que buscaba Madrid y el convoy que soñaba con Huelva, se fundieron en un abrazo mortal que nadie pidió. Cinco almas se quedaron en la vía, y con ellas, la ilusión de un viaje que debía ser rutina y terminó en elegía.
La historia de Europa es una red de venas ferroviarias que, de tanto en tanto, sangran. No es la primera vez que el Viejo Continente se mira al espejo del horror sobre rieles. Recordamos con un nudo en la garganta aquel 1998 en Eschede, Alemania, donde un ICE perdió la compostura y se convirtió en una maraña de escombros dejando 101 vacíos imposibles de llenar. O la curva de Angrois, en Santiago de Compostela, donde en 2013 la velocidad se volvió pecado y la fe de los peregrinos se tiñó de luto.

Incluso el túnel de Kaprun en Austria guarda el eco del fuego que en el año 2000 devoró vidas en un funicular, recordándonos que el progreso, a veces, exige tributos que la razón no alcanza a comprender. Hoy, el sur de España nos devuelve esa mirada de espanto. Entre el polvo y el silencio que sigue al caos, queda la pregunta de siempre: ¿cuánto pesa el olvido cuando el tren vuelve a arrancar? En #JotaPosta, miramos esa misma realidad, pero con los ojos empañados por la otra mirada, la que busca humanidad entre tanto hierro herido.

El eco de los hierros retorcidos en Adamuz no solo resuena en las sierras cordobesas, sino que despierta los fantasmas de un continente que ha visto sus sueños de modernidad astillarse más de una vez. Europa, con sus trenes que cortan el viento, esconde bajo sus estaciones de cristal el peso de una memoria herida. Cada vez que una vía cede o un cálculo falla, la ingeniería se rinde ante la fragilidad de la carne y el hueso, recordándonos que el viaje más seguro sigue estando a merced de un instante de azar o de un error humano que la técnica no logra domesticar.

No podemos evitar que la mente viaje hacia la tragedia de Bolonia en 1980, donde el estallido de una bomba en la sala de espera no fue un error técnico, sino el rostro más oscuro de la crueldad humana, dejando 85 víctimas en un andén que solo esperaba reencuentros. O el desastre de Ladbroke Grove en Londres, aquel 1999 donde dos trenes chocaron de frente bajo un cielo gris, probando que incluso en las redes más sofisticadas del mundo, la señalización puede ser una trampa mortal. Son cicatrices que el tiempo no logra borrar de los mapas ferroviarios.

España, particularmente, arrastra sus propios fantasmas de hierro y silencio. Es imposible no evocar el horror de Torre del Bierzo en 1944, una tragedia oculta por la censura de la época donde cientos de almas se perdieron en el túnel número 20 tras un choque múltiple y un incendio que parecía no tener fin. O la noche de 2003 en Chinchilla, cuando la señal de un jefe de estación confundido envió a un Talgo hacia un impacto frontal contra un tren de mercancías, dejando una estela de fuego y escombros en la meseta manchega. Hoy, Adamuz se suma a esa cronología de lo impensado, recordándonos que la red ferroviaria española, aunque moderna y veloz, sigue escribiendo sus páginas con la tinta del sacrificio.

Mientras los equipos de rescate caminan entre los restos del Iryo y el convoy a Huelva, la mirada se detiene en los que quedan: los 25 heridos graves que ahora luchan otra batalla en los hospitales de Andalucía. Hay una poesía triste en las maletas desparramadas por el campo, en los teléfonos que suenan sin que nadie atienda y en esa rutina que se quebró a las 6:40 de la tarde. El progreso nos lleva rápido, sí, pero a veces nos deja demasiado lejos de casa, en ese limbo donde solo habitan el estruendo y la incertidumbre.
Detrás de cada cifra, de cada reporte de Adif y de cada comunicado de prensa, hay una historia que se detuvo en seco. Adamuz se suma hoy a ese triste mapa de estaciones que nunca quisimos inaugurar, y nos obliga a pensar que, en la vertigine de los tiempos que corren, quizás lo más valioso no sea llegar pronto, sino simplemente llegar.



